«DOMINGO DE RESURRECCIÓN»

domingo de resurreccion
Celebramos con regocijo que Jesucristo venció con poder a la muerte, dando evidencia de la eficacia de su sacrificio y salvación.
Pasajes bíblicos: Mateo 28:1-20; Marcos 16:1-20; Lucas 24:1-53; Juan 20:1-31
Lecturas complementarias: Job 19:23-29; Salmo 16; Oseas 6; 1 Corintios 15:1-11
“Era necesario que Él Resucitara”
Sermón para Domingo de Resurrección basado en Juan 20:1-10
Introducción
El título de la meditación de esta mañana establece una enseñanza fundamental en la formación de la fe del discípulo y de todo creyente: La necesidad indispensable de la resurrección de Jesucristo. La resurrección de nuestro Señor era un suceso absolutamente necesario. No solo porque se tratara del cumplimiento de las palabras que Jesús había dado por adelantado a sus discípulos en al menos 10 ocasiones registradas en los Evangelios, sino por ser la base del cumplimiento de la promesa fundamental del Evangelio, la vida eterna y perdurable más allá de la carne y de la misma muerte, la cual es vencida y por tanto sujeta al dominio de nuestro Redentor. Sin embargo los diversos relatos de la resurrección en los 4 evangelios nos confrontan con la realidad de que a pesar de las promesas de Jesús de resucitar al tercer día, los discípulos fueron tardos en creer y entender que tales promesas eran reales y estaban cumplidas en ese glorioso primer día de la semana.
Pareciera que el testimonio de las horas en la cruz, el sufrimiento del Maestro, su muerte y la tumba, aplastaron de tal manera las expectativas esperanzadoras de los discípulos, al grado de creer firmemente que en realidad todo había acabado ya. Pero nuestro Dios, rico en misericordia dejaría enmarcado en hechos reales y palpables por los discípulos las evidencias necesarias para que a su tiempo ellos entendieran que era necesario que el Señor muriera, pero también que resucitara (v. 9). Los discípulos no habían entendido la Escritura,  que era necesario que él resucitase de los muertos.
1. La primera evidencia: La Piedra Removida.
(v. 1)  El primer día de la semana,  María Magdalena fue de mañana,  siendo aún oscuro,  al sepulcro;  y vio quitada la piedra del sepulcro.
(v. 2)  Entonces corrió,  y fue a Simón Pedro y al otro discípulo,  aquel al que amaba Jesús,  y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor,  y no sabemos dónde le han puesto.
a) Los cuatro Evangelios concuerdan en afirmar el hecho de la tumba vacía.
b) María magdalena (Acompañada de las otras mujeres) salió de su casa siendo oscuro, pero ya salía el sol cuando llegó a la tumba. Y lo que vieron fue que la piedra que cubría el sepulcro había sido retirada.
c) Comparando el testimonio de los cuatro Evangelios, Marcos describe la colocación de la piedra (15:46), Mateo, el sello romano puesto sobre la piedra (27:66), pero los cuatro informan que la piedra fue quitada.
d) La primera respuesta de las discípulas no fue el dar la gloria a Dios por la resurrección, sino correr a los discípulos para avisarles, literalmente: Se han robado el cuerpo del Señor de la tumba donde fue puesto. O al menos así fue como Juan lo entendió y testificó en el evangelio.
e) Promesas, evidencias y testimonio del ángel parece que no fueron suficientes para hacerles entender que el Señor en verdad había resucitado.
2. La segunda evidencia: La tumba vacía.
(v. 3)  Y salieron Pedro y el otro discípulo,  y fueron al sepulcro.
(v. 4)  Corrían los dos juntos;  pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro,  y llegó primero al sepulcro.
(v. 5)  Y bajándose a mirar,  vio los lienzos puestos allí,  pero no entró.
a) Las mujeres ya habían sido testigos de la tumba vacía y habían recibido el testimonio del ángel acerca de la resurrección (como lo afirman los evangelios sinópticos).
b) Parece, al comparar los relatos de los otros evangelios, que simplemente las palabras de las mujeres o de María Magdalena, no fueron suficientes para que los discípulos creyeran en la resurrección, tenían que ver por sus propios ojos la tumba vacía. Y por el entendimiento “equivocado” de Juan del robo del cuerpo de Jesús, Pedro y Juan emprenden el camino para constatar que la tumba está vacía, sin tener aun en sus mentes y corazones la seguridad de la Resurrección.
c) El relato nos presenta que Pedro el discípulo impulsivo es el primero en salir corriendo hacia el sepulcro para corroborar la tumba vacía, pero detrás de él va Juan, quien al ser más joven lo rebasa y llega primero a la puerta de la tumba. Pero no entró en ella, se limitó a agacharse en la entrada a contemplar desde afuera lo que sus ojos le permitieron ver, una tumba donde podía ver los lienzos pero donde efectivamente el cuerpo no estaba.
d) La tumba está vacía… pero aun la mente  el corazón no están llenos. La visión desde el exterior no es, todavía, suficiente para hacerles entender que el Señor resucitó.
3. La tercera evidencia: Los lienzos y el sudario acomodados.
(v. 6)  Luego llegó Simón Pedro tras él,  y entró en el sepulcro,  y vio los lienzos puestos allí,
(v. 7)  y el sudario,  que había estado sobre la cabeza de Jesús,  no puesto con los lienzos,  sino enrollado en un lugar aparte.
(v. 8)  Entonces entró también el otro discípulo,  que había venido primero al sepulcro;  y vio,  y creyó.
a) Contrario a la acción de Juan, y de acuerdo con su carácter audaz e impulsivo, cuando Pedro llegó no demoró ni un instante para entrar en la tumba. Como Juan, Pedro vio los lienzos que habían quedado. Pedro quedó contemplando por un tiempo las evidencias, tratando de entender el significado de la tumba vacía y los lienzos puestos, y vio cosas que Juan no pudo ver desde su posición fuera del sepulcro. Sin embargo, su mente estaba todavía aturdida y no llegó a la conclusión más natural, es decir, que Jesús había resucitado tal cual había prometido.
b) José y Nicodemo, preparando el cuerpo de Jesús para el entierro, habían envuelto su cabeza en un pañuelo grande, un sudario. Debemos notar ahora la descripción detallada y precisa de lo que vio Pedro: el sudario… no puesto con los lienzos, sino doblado en un lugar aparte. Si alguien hubiera robado el cuerpo, seguramente no le habría quitado los lienzos y el sudario. Tampoco hubiera envuelto el sudario y los lienzos, dejándolos puestos como Pedro los encontró.
c) Animado por la acción impulsiva de Pedro, el otro discípulo (v. 8) se atreve a entrar en la tumba. De acuerdo con el carácter sensible y el discernimiento espiritual del otro discípulo, características propias del apóstol Juan, él fue el primero en discernir en las evidencias objetivas. “Vio y creyó” creyó que Jesús había resucitado, confirmando que era el Hijo de Dios.
d) Sin embargo aún podemos observar a Pedro estando allí apuntando a las evidencias y preguntándose por una explicación. Aun sin entender y sin creer que Jesús resucitó.
Conclusión
El v.9 contiene la única explicación posible a su falta de fe en toda la evidencia que se presentaba delante de ellos y que confirmaba sin duda alguna que el Señor había resucitado: “Porque aún no habían entendido la Escritura,  que era necesario que él resucitase de los muertos”.
Pasajes como los siguientes lo señalaban:
“Yo sé que mi Redentor vive, Y al fin se levantará sobre el polvo;  Y después de deshecha esta mi piel, En mi carne he de ver a Dios;” (Job 19:25-26)
“Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; Mi carne también reposará confiadamente; Porque no dejarás mi alma en el Seol, Ni permitirás que tu santo vea corrupción.” (Salmo 16:9-10)
“Venid y volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará. Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él.” (Oseas 6:1-2)
La barrera para aceptar la resurrección es la falta de entendimiento sobre las Escrituras, es decir la falta de comprensión sobre todo lo que sobre el Mesías prometido se había escrito desde el Antiguo Testamento. Esto nos deja una lección sumamente importante: las evidencias y milagros sin entendimiento de la Palabra no robustecen la fe. Mientras que ahora entendemos que es la luz de la Palabra y del Evangelio, que nos muestra las maravillas y evidencias de Dios, escritas y de experiencia vívida con nuestro Señor las que generan en cada uno de nosotros la fe necesaria para afirmar convencidos y sin dudar: ¡Gloria a Dios!, ¡nuestro Señor ha resucitado!
Vivamos con esta convicción y actuemos en consecuencia.
Pbro. Josué R. Cervantes Carrillo

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